Una linda historia de Pesaj
En una pequeña casa llena de luz, en la víspera de Pésaj, la familia Benavides se preparaba para una noche especial. El aroma del pan sin levadura, el matzá, llenaba el aire, y sobre la mesa reposaban cuidadosamente los elementos del séder: hierbas amargas, agua salada, vino y una mezcla dulce que recordaba el barro de tiempos antiguos.
El más pequeño de la familia, Daniel, observaba todo con ojos curiosos.
—Abuelo —preguntó—, ¿por qué esta noche es diferente a todas las demás?
El abuelo sonrió, como si esa pregunta fuera un tesoro que había esperado todo el año.
—Porque esta noche recordamos quiénes somos —respondió con voz suave—. Recordamos que una vez fuimos esclavos, y que la libertad no es un regalo… es un milagro que debemos cuidar.
Daniel frunció el ceño.
—¿Pero eso pasó hace mucho tiempo… por qué importa ahora?
El abuelo tomó un pedazo de matzá y lo partió en dos.
—Mira esto —dijo—. Es simple, humilde, sin adornos. Así salieron nuestros antepasados de Egipto: sin esperar, sin tiempo para que el pan creciera. A veces, la libertad llega cuando decides levantarte y caminar, aunque no todo esté listo.
La familia comenzó el séder. Cada copa de vino marcaba una promesa, cada alimento contaba una historia. Cuando probaron las hierbas amargas, Daniel hizo una mueca.
—¿Por qué comemos algo tan feo?
—Para no olvidar —respondió su madre—. La amargura nos enseña a valorar la dulzura de ser libres.
Más tarde, al abrir la puerta para recibir simbólicamente al profeta Elías, una brisa suave entró en la casa. Daniel sintió algo especial, como si el pasado y el presente se tocaran por un instante.
Esa noche, antes de dormir, se acercó al abuelo.
—Creo que entiendo —dijo en voz baja—. No solo celebramos que fuimos libres… celebramos que todavía podemos elegir serlo.
El abuelo asintió con los ojos brillantes.
—Exactamente, pequeño. Pésaj no es solo una historia antigua. Es un recordatorio de que, en cada generación, todos tenemos nuestro propio “Egipto”… y también la posibilidad de salir de él.
Y mientras la casa quedaba en silencio, Daniel se durmió con una nueva certeza en su corazón: la libertad no era solo un recuerdo… era un camino que se recorría cada día.
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